Revolución de Marzo (V Parte)

La cara bonita del caminante

Desperté a las siete y a las siete y media cogí mi morral, bien abrigado y comencé a andar hacia Escároz, a dos kilómetros de Ochagavía. Este pueblo es precioso, es un encanto, si no hubiera ido a contrarreloj, lo hubiera disfrutado. Quería hacer el trayecto de 37,5 kilómetros en diez horas y tenía que llegar a las cinco y media de la tarde, para ello debía ser consistente. Estaba super ilusionado aunque en los primeros kilómetros me dije: “Ojalá estuviera mi amigo Dani aquí (de Cartagena), o amigo “teach” al que también llamé, ojalá estuviera amigo “hypericum”, éste último el único capaz de hacer cosas incluso más locas que yo, pero sobre todo ojalá estuviera ella…algún día” Y los fui imaginando a todos y cada uno. Pero una vez hube dejado los sentimentalismos, comencé a subir hacia el siguiente pueblo: Jaurrieta. Este sitio también es famoso por su belleza y la tiene bien ganada, pues es realmente precioso. Cinco kilómetros separaban a Escároz de Jaurrieta, sin embargo, mi llegada a Jaurrieta no estuvo exenta de peligros. Estaba lloviendo ligeramente, el suelo estaba muy mojado y donde no lo estaba, había nieve, así que tuve que andar por carretera y quien es caminante sabe lo fatal que es eso para los pies. Así todo había un pequeño trozo de prado que lograba recortar la carretera y que ascendía. Y claro, no lo pude resistir y comencé a subir por allí. El suelo estaba totalmente encharcado, casi podía ver cómo se producía la descomposición de la materia. En algunos lugares no me quedó más remedio que pisar la nieve que me hundió hasta por encima de los tobillos, pero lo peor estaba aún por llegar. Cuando estaba a poco acabar, la cuesta se empinó más y la única solución para salir de allí era transitar por la nieve que acababa en una curva. Comencé a ascender pero en un momento determinado, al pisar, más de la mitad de mi cuerpo se hundió bajo la nieve. No me podía creer lo que había hecho, una imprudencia indigna de mí. Gritando del esfuerzo, del dolor por el frío, y sujetándome a lo único que podía que eran unas zarzas con espinas, logré salir de aquel hoyo gritando de dolor. Aún no había acabado el suplicio porque la nieve ocultaba un desagüe. Tuve que arrastrarme por la nieve y coger unas ramas secas que hicieron de cuerdas improvisadas para salir de allí. Lo hice gritando, dolorido, tembloroso, gimiendo, jadeando y lleno de frío. Cuando reinicié la andadura me di cuenta de que mi chaqueta se había caído. Tuve que volver a por ella y me maldije un millón de veces. En aquella zanja donde había caído se había quedado. Al ir a buscarla resbalé con la nieve y caí de boca, pero mi chaqueta amortiguo el golpe. Tan sólo diez centímetros más adelante amenazaba una piedra que, de haber seguido, me la había tragado por completo. Con mucha pena, logré salir de allí y poco más tarde, llegué a Jaurrieta. 

Había completado los primeros siete kilómetros en hora y media, algo que no estaba nada mal. Comencé a descender el valle y volví a subir, esta vez un puerto de montaña, Rendimia de 1040 metros. Aún no sentía nada, sólo ganas de seguir. En aquel trayecto hacia lo desconocido y la aventura de no saber dónde dormiría esa noche, me acordé de McCandless en “Into the wild”, o en “Viajes de motocicletas” del Ché Guevara, me inspiraba en ellos pero sobre todo en Román Morales, quien a finales de los 80 había recorrido durante tres años toda Latinoamérica en su búsqueda del sur. Después de coronar aquel puerto el paisaje era abrumadoramente bello, sentía como si estuviera en los verdes prados de Irlanda o en la campiña inglesa, recordaba películas como “Posdata Te Quiero” donde el amor había surgido en un pateo similar al mío. Fue entonces cuando comencé a reírme a carcajadas. Era feliz, muy feliz. Había recorrido más de 900 kilómetros y no contento con ello me había inventado un trayecto sin venir a cuento y estaba viendo unos paisajes bucólicos excelsos. Fue allí, en aquellos prados cuando me sentí feliz y recordé los momentos en los últimos meses y en el último año donde había dicho “soy feliz”. Entendí allí, caminando con el esplendor de un sol que sólo él mismo es capaz de ver e iluminarse, que ya no tenía miedo a la palabra felicidad, que ya sabía que era la felicidad y que yo mismo era capaz de encontrarla por mi mismo sin necesidad de nadie más. Sólo, allí, abracé a la naturaleza que era la única que me acogía con su amor infinito, con su belleza y su dureza y su salvajismo.  No podría narrar con palabras lo feliz que fui…

Kilómetros más tarde, en concreto a falta 26 kilómetros para el final, por fin encontré a alguien en el camino. Era un hombre de unos cincuenta años. Se llamaba Ángel. Yo le di mi nombre “falso” que la chica me puso. Era un hombre feliz y yo, también y así comenzamos a hablar:
-Ángel: Aupa pues! De donde vienes majo?
-Yo: Hola!, vengo de Ochagavía.
-Ángel: ¿De Ochagavía hasta aquí?
-Yo: Sí, sí.
-Ángel: Pero, ¿vienes solo?
-Yo: Sí!
-Ángel: Ay va la hostia, qué me dices! Pero tú de dónde eres?
-Yo: Pues yo soy de Canarias, pero ahora mismo vengo desde Alicante, que es donde vivo
-Ángel: Ay va, nunca he estao allí. Sí que te has venido lejos.
-Yo: Y usted, ¿de dónde es?
-Ángel: Pues yo soy de Jaurrieta
-Yo: ¿Y qué tal todo por aquí?
-Ángel: Muy bien, te has venido justo en el mejor momento, porque hace un par de semanas había al menos metro y medio de nieve.
-Yo: ¡No me joda! Qué guay!
(risas)
-Ángel: Claro!, de donde vienes verás poca nieve!
-Yo: Pero, estas nevadas son habituales por aquí?
-Ángel: Hombre, hacía ya unos años que no nevaba así, pero la verdad es que sí, por aquí es normal que nieve de esa forma, lo que pasa es que nos habíamos malacostumbrado (JÓDETE IPCC –esto es cosecha propia-)
-Yo: ¿Y estuvieron atrapados por la nieve?
-Ángel: Hombre, no, lo típico, con la quitanieve enseguida ya estaba todo solucionado pero claro, cubrió los cultivos y fue bastante impresionante.
-Yo: Vaya…
-Ángel: Pero cuéntame, ¿A dónde vas?
-Yo: Pues…Quiero llegar a Roncesvalles.
-Ángel: ¿Hoy?!!!
-Yo: Sí, sí.
-Ángel: Pero, ¿caminando y sin que te lleve nadie?
-Yo: sí, sí.
-Ángel: Madre mía!!!
(risas)
-Ángel: Pues te queda aún mucho, ¿eh? Mira, ahora enseguida vas a llegar a la Abaurregaina Alta, que es el pueblo más alto de Navarra.
-Yo: ¿Está lejos?
-Ángel: No, que va, apenas vas a tener que subir nada, luego ya bajas.
-Yo: ¿Cuántos puertos aún tengo que subir?
-Ángel: Pues yo creo que duro, duro, uno, porque al llegar a Aribe, tienes que desviarte a la izquierda para no subir otro puerto.
-Yo: Entiendo…
-Ángel: ¿Y vas a caminar todo el día? ¿Tienes comida o vas a descansar para comer?
-Yo: Sí, he calculado que en diez horas llegaría, claro, siempre y cuando no haga descanso.
-Ángel: ¿Pero no comerás?
-Yo: Claro, comeré pero lo haré mientras camino porque si no, llegaré de noche y además no tengo donde hospedarme y no sé cómo será eso.
-Ángel: ¡Qué valor, majo! ¡Qué cojones tienes!
(risas)
-Yo: Bueno Ángel, ha sido un placer pero tengo que seguir el camino. Muchas gracias por la conversación, se me cuida mucho, ¿eh? Y tenga cuidado.
-Ángel: Y tú también ten cuidado, mucho ánimo, majo, y disfruta y recuerda esto cuando bajes hasta tu tierra…
(risas)

Nos despedimos y poco después llegué a la Abauregaina Alta. A partir de entonces esta historia se escribe de otra forma….(continuará)

Revolución de Marzo (IV Parte)

La verdad en la beldad

Ahora mismo estoy partiendo hacia Ochagavía (Navarra), un pueblo que me maravilló como en su momento lo hizo Espinaredo en Asturias. Ya no volveré a caminar por calles pamplonesas, ya nada de lo que me ligaba a esta ciudad existe, ya no hay más fantasmas. El único monstruo que existe es el de la soledad, el de la fortaleza que hace tenga una coraza amurallada, opaca y que no permite el paso a nada ni a nadie. Llueve, hace frío, está nublado y la visibilidad es casi nula. A lo lejos se perciben las montañas nevadas. Me siento un poco ese ídolo que tantas veces nombro y que tan controvertido llega a ser, Zaratrusta. Qué fantástico sería vivir en una montaña aislada, lejos de todo y dar rienda suelta a mis ansias nomadistas. En este trayecto me siento realmente feliz porque siento que es parte del camino que he de recorrer para encontrar mi lugar en el mundo. Oh, mi lugar en el mundo, ojalá lo supiera, ojalá supiera que mi destino es recorrer ciudades, montañas y vivir. Estoy aquí y estoy disfrutando pero al mismo tiempo necesito saber más de la mujer que recientemente ha removido mi mundo. Esta historia ha sido corta pero al mismo tiempo me ha llenado. Sin embargo, su silencio comienza a doler un poco. Me recuerda a otros silencios, a otras situaciones vividas en las que la otra persona no ha querido aclarar las cosas y creo que no es justo hacerla responsable de mi pasado, que ella no está obrando mal, sino que mi cabeza no es justa. Llegué a Ochagavía, muy cerca de la Selva de Irati, en el valle de Salazar. Este pueblo es precioso, con su río que lo parte a la mitad, sus calles empedradas, sus casas añejas. Me encuentro perdido buscando el hostal donde pasaré la noche. He buscado durante casi una hora y no lo encuentro. Anduve maravillado por este pueblo. Las puertas están abiertas pero no hay nadie en casa. Llueve y hace frío pero me siento tan sublimemente feliz que no me lo creo. He preguntado a tres personas por el lugar donde debo quedarme las próximas dos noches pero no consigo dar porque no tiene el nombre por fuera de la casa. Lo intento con dos casas, y no hay manera. La gente en parte se extraña de mi presencia pero la sensación es agradable. Venzo mi timidez y llamo al timbre de una casa vieja con puerta y suelo de madera. Tras un tiempo, aparece una mujer mayor, “Merche” se hace llamar. Está con una especie de albornoz viejo de color azul cielo. El día anterior la había llamado para reservar dos días y se acordaba de mí, aunque para seguir dando vida a esto, en vez de  darle mi verdadero nombre, le di el nombre por el que la chica de la que he hablado me conoce. Ella ha sido la única en toda mi vida que me ha llamado así y al estar pensando tanto en esta historia, decidí que me llamaran por ese nombre.

Entonces sentí que la historia allí misma estaba viva. Sólo tenía que hacer que me llamara así y algo estaría cambiando. Ya no sería William o Will, sería ese nombre…y me encantaba serlo. Subí por las escaleras de madera y descubrí una casona con años pero muy bien conservada, con símbolos religiosos. No era un hostal, era una casa que ofrecía sus muchísimas habitaciones a personas que pasaban por allí. Me llevó a mi habitación, con cama doble justito al lado de la iglesia. Pensé ¿Por qué el destino me pone una habitación con dos camas a sabiendas de que soy sólo yo? Lo insulté de nuevo: “Qué hijo puta eres!” Guiñándole el ojo comencé a pensar si estar dos días en Ochagavía sería conveniente. ¿Qué haría allí? Yo quería andar y recorrer…Entonces saqué el mapa de Navarra, y comencé a buscar por internet rutas que hacer. Vi algo que realmente me llamó: cruzar el valle de Aezkoa y llegar a Roncesvalles para acabar en Francia, en Saint Jean Pied Port. La idea era loca. Cuando comenzó todo, llevaba una mochila con dos mudas de ropa y sí, mis botas pero no iba preparado para nada más. No tenía mi camping-gas, ni mi suéter de Asturias de los pateos, ni mi saco de dormir, ni abrigos o algo para cubrirme de la lluvia. Lo pensé y me dije: “No puede ser peor que en Vall de Nuria”. Comencé a calcular distancias y en apenas una hora lo decidí: iría hasta Saint Jean Pied Port andando. Me emociona, me ilusiona muchísimo…Mañana caminaré casi cuarenta kilómetros con un tiempo muy desapacible, por pueblos llenos de belleza, de encanto, en mitad de la montaña. Mañana los protagonistas serán mis pies, mis botas, mi fortaleza mental y mi capacidad para sufrir. La única forma que conozco de dar salida a mis emociones y mis más bajas pasiones, además de la música es yendo a la montaña y sufrir hasta que mi alma caiga rendida por los pasos. Mañana pensaré en un millón de cosas, mañana volveré a retarme a mí mismo como hice en La Gomera, como lo hice en Marruecos. Mañana viviré una aventura, otra más patrocinada por las ganas de vivir algo más allá de la ciudad, las ganas de encontrarme. Ya comienzo a hacerme mayor y los dolores pasan factura pero no deseo convertirme en un ser que cuenta historias pasadas y no renueva otras. Mañana os digo ya, tendré pensamientos de todo tipo, casi para escribir un libro o medio libro, y muy probablemente la mitad de todos ellos estén alrededor del amor hacia las mujeres, a mi geografía, a mi futuro, a mi pasado, a mi presente. Mañana será un día durísimo pero si logro salvar ese día, sé que no habrá nadie al otro lado. Sé que nadie más lo vivirá, sé que quedará para mi. Mañana hay algo de único e indiscutible, mañana es un ejercicio de supervivencia que yo mismo me pongo y al que me expongo. Porque pasar treinta horas sentado delante de un portátil estudiando y haciendo trabajos, porque hacer cosas siete días a la semana sin descanso alguno, y pegado a la pantalla de un ordenador merece esta rebeldía, merece que yo mismo haga algo para equilibrarme y salvar al chico salvaje y asilvestrado que habita siempre y al que callo. Después de estas palabras, las siguientes contarán o no, lo que pasó durante esos 40 kilómetros hacia lo salvaje y desconocido. Esta vez sí saldrá bien, ésta vez sí lo haré bien… (continuará)

El amor


El amor. Ese tema tan recurrente en este blog. Ese tema en el que soy tan incomprendido por el común de los mortales. He conocido realmente a pocos hombres que tengan la misma mentalidad que yo, pero los hay. Yo cuando me enamoro es con todas las consecuencias Cuando me enamoro, a diferencia de mis veinte años, lo hago de todas las maneras posibles. No es algo virtual o platónico. No, me enamoro de las caricias, del romanticismo, del sexo y probablemente sea esto último la mayor diferencia con respecto a mis veinte años. Lo he hecho sin amor y la verdad, las experiencias han sido nefastas. Creo que una parte de mi corazón reside en mi miembro masculino. De ahí que mi amor, además de racional y vehemente, sea muy sexual. Sólo quiero hacerlo con una mujer y eso me basta y me sobra. Sin embargo, esto se produce muy a cuentagotas. Lo normal en mi vida son dos cosas que se vienen repitiendo cíclicamente como el ciclo del agua. La una, yo me enamoro, la otra persona no, y el desencuentro es de órdago. Yo intento todo para que la puerta se abra pero después de un tiempo que ya os digo que no es corto, me voy desencantando y buscando en otras mujeres cosas vacías que hacen que al final se genere la frustración, el desengaño y diga aquello de: “yo, misógino, detesto a las mujeres”. Pero que va, las mujeres me gustan demasiado. ¿Quién no se habrá enamorado fugazmente de una sonrisa, de un gesto de una mujer en el metro o en el autobús? Esos amores fugaces sin base ni sentido. 

La segunda opción ya me ha pasado menos, pero ha sucedido. Yo me enamoro, ella también, pero uno de los dos, en un momento dado, deja de sentir y/o se arrepiente. Este caso es si cabe más paradigmático. Se ha dado poco pero es si acaso igual de frustrante porque no sabes en qué momento el amor se va. Porque yo no creo que un sentimiento se vaya de la noche a la mañana. Aunque no son cosas similares, sí que son cosas extrapolables. En mi biblia, El arte de amar, se habla del amor a muchas personas (madres, hijos, parejas, deidades, naturaleza…) Es un libro que siempre recomendaría porque es de psicología emocional pero al mismo tiempo de autoayuda. Yo creo que, al igual que el amor a un hermano a alguien de tu familia que tú quieras, no desaparece, el amor a alguien especial (ojo, no a cualquiera, a alguien que te cale mucho) no se va de la noche a la mañana. Porque ocurre que se produce un trasvase de información, de sentimientos y, por qué no decirlo, de fluidos, que hacen que esa persona sea única. AL menos ese es mi caso. Lo das todo, así de simple. Yo no voy contando a todo el mundo mis más oscuros secretos. Normalmente mis mejores amigos han sido mis parejas porque lo he compartido todo. Por eso, una vez que la pareja se rompe, sientes que algo se va, que algo que has dado se pierde y que ya no lo recuperas. Amas a esa persona por ser quien es, pero además porque ella te ha dado algo de si misma y tú le has dado algo de ti que sabes, al menos en mi caso, que no le darás a cualquiera. Y es algo complicado porque en mi caso cada vez me cuesta más confiar por haber perdido tanto. Por eso, cuando un amor se va, en parte se va algo de nosotros. Algo se hace más rocoso, más duro. Y no, no puedo olvidar a las mujeres a las que les di algo de mí, y en mi habita algo que ellas me dieron y me enriquecieron,. Ocurre que a la inversa no sucede y es entonces cuando el amor se convierte en injusto porque ves que tiene una sola vía. Que para la mayoría o para todos, cuando algo se acaba, se acaba, que la capacidad de querer o amar es tan limitado como las horas de sol al cabo de un día. Y yo no creo eso. Yo creo que el amor puede perdurar como la vida de una estrella y que puede irse lejos, muy lejos, desaparecer incluso, morir, pero si el amor es verdadero, nunca se irá. Y recuerdo ahora una escena del Indomable Will Hunting en la que Robbin William recordaba a su esposa fallecida. Él, psicólogo, le contaba a Will los pecadillos o defectos que tenía su esposa y se reía y sonreía con felicidad porque eran esos defectos los que más echaba de menos. Imagínate, querer a alguien más por sus defectos que por sus virtudes. ¿Acaso eso no es verdadero amor? Es sencillo ver y admirar lo bueno, pero lo realmente complicado es admirar y querer vivir con esas cosas que nadie estaría dispuesto a soportar....yo sí estaría dispuesto porque mi corazón es grande. En esa película Robbin William era un hombre feliz. Le preguntaban “¿No has pensado en volver a casarte?” y el respondía “Yo ya tuve una mujer”. Es una forma de cerrarse pero creo que también es una forma muy poco actual de guardar respecto a quien te dio tanto. Porque cuando alguien se va, no puede haber sustituto,. ¿O acaso si se muere tu abuelo, tu madre o tu hermana tratas de buscar a otro abuelo, a otra madre o a otra hermana? 

La respuesta es sencilla, pero para el común de la sociedad el amor es demasiado de usar y tirar. Algo que va y viene como una ráfaga de viento. Y peor, si se va, se piensan que hay que llorar y lamentarse, y todo eso cuando creo que lo suyo es estar satisfecho porque has conocido a una persona que era TÚ persona y que eso es algo que pocos logran. Es motivo de felicidad, no de luto o pesar. Aquí hay una falsa percepción de pérdida. Yo estoy feliz porque he podido amar y me he sentido amado. Si ya nadie me ama o no puedo amar más, me sentiré bien por haber conseguido eso. Igual aparece alguien más que me da una nueva oportunidad para amar y que me ame. Entonces sentiré que no hay hombre más afortunado en el universo por haber tenido una nueva oportunidad. Y si no existe esa oportunidad, recordaré cada gesto, cada palabra, cada pequeño detalle que he hecho y han hecho por mí y, cuando abuelete, iré contando cómo una vez viví unos amores tan pasionales como preciosos y dentro de esta soledad mía, algunos pensarán: has tenido suerte. Aunque en el fondo persiga que esos amores no duren unos meses, sino tantos años como para que estas historias no tenga un final tan sencillo o tan rápido, pero el corazón va estando cada vez más minado y más desconfiado. No cualquiera vale. Para mí no. Podría continuar y seguir pero ¿serviría de algo? Sé que nadie me comprende y sé que han tratado de convencerme de lo contrario. Yo, después de haber perdido lo mejor de mi en brazos de mujeres maravillosas, sé que estaré solo porque no sé si tengo algo mejor que ofrecer y es mi forma de ver las cosas. Nadie va a sustituirlas y a crear un espacio donde realmente hay vacío. Y es así como se escribe la historia de un idealista del amor que cree que amor, sólo hay uno, y que lo demás, son sólo momentos. 

Revolución de Marzo (III Parte)

Pamplona, el Pretérito perfecto
Le dije a mi amigo de Cartagena que me acompañara a la capital navarra, pero no quiso/pudo/atrevió. No lo culpo, nada de eso. Pero el ir solo no me iba a detener. Fueron unas once horas de viaje en guagua. Di pequeñas cabezadas pero fue en Teruel cuando casi todo se fastidia. Comencé a sentir unos dolores horrorosos, tanto, que comencé a hiperventilar, a marearme. Pensé que no llegaría a Pamplona y si lo hacía, me iría directamente a urgencias del hospital más cercano. Estaba totalmente solo con un dolor inimaginable y esa visión mía me parecía de lo más absurda y me criticaba mucho por ello. Ese trayecto lo recuerdo con mucho dolor. Después de todo, volvería a tener la misma visión de mí: sólo y dolorido en un hospital. Esa imagen se ha repetido tantas veces… Al llegar a Pamplona el dolor había menguado algo, pero me sentía fatal, tanto así que resolví volver a Alicante por la mañana. Sin embargo, de madrugada, cuando el dolor volvió de nuevo con fuerza, salí de la habitación y me fui a una farmacia porque conozco mi cuerpo lo suficiente como para saber qué es lo que estaba ocurriendo. Después de tomarme las pastillas, horas más tarde ya me sentía lo suficientemente mejor como para no querer volver a Alicante.

Y ahora es cuando debería de explicar por qué elegí Pamplona. Hace casi un mes mi tutor de TFM, hablando de olas de frío y de nieve le vino a la cabeza algo sobre Ernest Hemingway, al parecer había hecho famoso un hotel o una casa porque se había quedado allí cierto tiempo (no sé qué tan verdad es esto). El caso es que yo, siempre soñando e imaginando pensé: “Guau, sería espectacular seguir los pasos de Hemingway, sería tan…” Y entonces en aquel momento me imaginé yendo a tierras navarras. Una parte de esta historia tiene que ver con eso, aunque no voy a mentir, la parte correspondiente a Hemingway es, si acaso un 25% de su responsabilidad. Y allí estaba, callejeando por Pamplona y de repente tras algunas cosas me sentí realmente feliz. En aquellas calles encontré respuestas que hacía tiempo que buscaba. Las ciudades importantes nos dejan clavados recuerdos en nuestra cabeza. Recuerdos que podemos obviar en el día a día. Hay quien piensa que revivir el pasado, hacer retrospectivas dolorosas es absurdo y nada recomendable. Hay miedo al dolor, y hay un fuerte rechazo hacia lo pasado, hacia lo ya vivido. Pero creo que, como dicen algunos historiadores, es necesario conocer el pasado para entender el presente. Y de aquello podremos entender muchas cosas. La calle Descalzos, las calles Jaureta,  Estafeta, San Fermín Txiki, y rincones sin nombre pero con recuerdos. Entonces me hallé allí, como un día volví a Gijón. Hay quienes dirán, ¿Por qué esas ganas de volver a lugares que te traen esos recuerdos? (…) Siempre querré saber el por qué aquel 18 de noviembre no sucedió lo que debía suceder (…). Pero esos por qué ahora en mi vida son superfluos (…) Yo sentía que el tiempo había degradado muchas cosas, no quise ser egoísta, ni ganador de una batalla que no me haría mejor. En aquella plaza, en aquellas calles me sentí frío, con la cabeza tan helada pero al mismo tiempo sobrecogido. Me sentí solo. Solo yo, nadie más.

Y objetivamente así era. No había ninguna presencia, ningún alma, nadie. Yo con mi propia historia. Y de soslayo apareció en mi recuerdo la mujer que ha logrado que el corazón vuelva a palpitar como otrora. No quería llamar al corazón, ni a la emoción, ni a la vehemencia. Pensé que cuando pase un tiempo prudencial volvería a ver todas las palabras que pretéritamente habían hecho de ella una mujer que me merecía, que aparentemente el destino estaba borrando y que en el futuro sería otro monstruo que recordaría el por qué estoy solo, y por qué esta soledad mía es la mejor compañía que pueda tener. Que no haya espacio para nada que no fuera intentar dar mi vida por mí mismo, aunque necesite en el fondo pensar en otros antes que en mí. Entonces no me fue nada difícil volver a esa imagen mía en América. Como ya decía a principio de esta historia, el destino es un cabrón por ponerme delante a una mujer excelsa para hacerme ver la fragilidad de mis huidizos planes. Y su rápida “ausencia” (avalada por mi extremismo) confirmó que intentar a mi edad seguir luchando por alguien es un ejercicio de vacuidad tan trivial y prosaica que no me llenaría. Hace quince años, quizás, podría haber supuesto algo, hoy día no quiero ir de mujer en mi mujer, de experiencia en experiencia, de puerta cerrada en puerta cerrada para convertir mi camaleónica esfinge en algo irreconocible, como dice Marwan “No estoy buscando noches fáciles, lo que yo quiero es aprenderte”. Mentiría si dijera que no estaba  pensando en ella, porque lo hice, y mucho. La verdad es que la imaginaba a sabiendas de que ya no estaba en su corazón y que éste había sufrido una invasión de otra masa de aire local, que está muy cerca de ella. Y yo me sentía perdedor, pero no me sentía mal, ha sido algo tan habitual que me lo tomé de la mejor de las maneras posibles. Pero aún me quedaba mucho por vivir y descubrir de mí, de mis sentimientos y de ella. Esto es sólo el principio de esta historia… (continuará)

Revolución de Marzo (II Parte)

Huída a Cartagena
Fue una noche alicantina. Yo estaba en un cumpleaños por puro compromiso. Sí, lo sé, puedo llegar a ser hipócrita pero venga, por favor, ¿quién no lo es aunque sea un poquito? Ellos sabían que yo estaba allí por compromiso así que tampoco fui tan falso. Estaba nervioso y en un momento determinado algo sucedió. Sentí que el mundo se venía abajo, que esas paredes me asfixiaban como un sarcófago herméticamente cerrado y, descompuesto, me fui. Comencé entonces a andar y andar durante horas por la fría y húmeda noche alicantina, por entre un desierto de hoteles, cemento, hormigón y asfalto. Caminé unas horas pero dado el trasfondo, creo que esa caminata nocturna en verdad fue el punto y final a quince años de pasos andados (…) Detestaba aquello, detestaba aquel paisaje urbano, detestaba sentirme así pero sobre todo detestaba seguir caminando por las calles de aquella ciudad. Hacía más de siete meses que no pisaba el monte, o un ambiente bucólico donde poder descargar todas mis emociones. No voy a ocultar que me fui del cumpleaños por una noticia que tenía que ver con una persona, pero además desde mucho antes quería salir de aquel rascacielos que más parecía que se iba hundiendo muy lentamente hacia el centro de la Tierra.

Muy tarde llegué a casa y para entonces supe perfectamente que ya no podía estar en Alicante. Al día siguiente quise escapar de la ciudad pero hubo algo que me detuvo: mi amigo de Cartagena. Yo, que soy un tío de palabra, le había prometido a mi amigo que ese fin de semana estaría con él en Cartagena para marcarnos una sesión de karaoke inolvidable. El sábado por la tarde me vino a buscar a Alicante y en ese momento ya sabía el que iba a ser mi destino a priori. Sólo sabía que después de Cartagena, me marcharía a Pamplona. Más adelante explicaré el cómo y sobre todo el por qué. En el trayecto de ida hacia la ciudad murciana hablé largo y tendido con mi amigo y su novia, explicándole cuestiones personales, sentimentales, pero sobre todo algo que me estaba removiendo y que llevo tiempo pensando: mi lugar en el mundo. La amiga más bella que jamás y nunca he visto, que está en Tenerife, tiene una frase: “déjalo fluir”. Y bueno, yo dejo fluir bastante, y transijo mucho, pero a veces ese pensamiento un tanto bohemio, hippie o muy de ella (para no ponerle clichés), no sirve para saber qué es lo que quieres en la vida. Hace unos pocos post expliqué mis planes de futuro cercano. Lo que nadie sabe es que algo sucedió hace poco que hizo que esos caminos quisieran ser aplazados. Y es que el destino es muy cabrón, te pone cuestiones delante para ver de qué pasta estás hecho, para saber si tus planes son tan consistentes como para aguantar cualquier vicisitud. Esto también lo definiré más adelante. En fin, que me volví a poner en plan pusilánime con mi amigo, algo que detesto y que me recrimino a mí mismo.

Al llegar a Cartagena nos fuimos a jugar al billar. Hacía años que no lo hacía. De allí salí huyendo porque cuando unes el billar con otras cosas ocurre que me convierto en un cobarde huidizo (nótese el sarcasmo). Perturbado por culpa de la bola número 8 porque pensaba que si se tiraba a un lado se convertiría en infinito, comenzando así un bucle absurdo que no molaba, resolví acabar la partida y salir de allí. Fuimos a cenar a un lugar chachi y luego hicimos un paréntesis hasta que de madrugada llegamos a un lugar que jamás lograré recordar, un barrio o pueblo a las afueras de Cartagena en donde estaba el karaoke. Yo, francamente, no estaba como para cantar pero soy un tío de palabra y tenía que demostrarle a mi amigo que lo pasaríamos bien. Alguno sabe ya que soy al canto lo que un analfabeto a la poesía escrita. Sin embargo, hubo dos momentos curiosos, el primero, mi interpretación “dura que te cagash” del tema “La mataré” de Loquillo y Trogloditas. Al parecer lo hice bien, o eso me hizo sentir el numeroso público que se dio cita allí para contemplar como yo era muy capaz de rematar la música después de que el Chiliquatre la dejara con un ojo a la virulé. Pero el momento, sin duda alguna, el mejor momento de la noche llegó cuando mi amigo y yo subimos al escenario y cantamos “La casa por el tejado” de Fito. ¿Por qué? No es que haya sido un exitazo de voces, ni mucho menos. Mi amigo y yo nos conocemos desde hace muchos años y yo fui el que lo “pervirtió” en los bares y el alcohol. Juntos hicimos rutina en el lugar que yo llamaba con cariño “Mi tugurio” en Tenerife, donde siempre ponían esta canción y donde siempre, siempre, siempre, acababa por hacer una ridícula pero divertida coreografía. Para mi sorpresa mi amigo, tímido y casi impertérrito durante años en lo que a mover el cuerpo se refiere, se desató como nunca jamás lo había visto y comenzó a emular mi coreografía. Conjuntados como si lo hubiésemos ensayado durante años cada noche…no lo hicimos pero me di cuenta de lo que mi amigo me había estado observando tanto tiempo que sabía lo que iba a hacer tan sólo mirándome a los ojos. Fue de lo más bonito que me ha pasado en tiempo. Recibimos aplausos y nos abrazamos y yo aluciné porque…porque jamás olvidaré esa complicidad que al menos en mi caso se da con cuentagotas a lo largo de los años. Después de matar varias canciones tipo “I’m so excited” o “Te quiero te quiero”, resolvimos irnos.

En este punto tengo que hacer un necesario vacío o hueco en la historia debido a que lo que sucedió más tarde sólo será revelado a personas concretas y jamás en un lugar público (blog, facebook, twitter, etc…). Fue algo que probablemente me marcará para lo que me reste de vida (…) Después de aquello mi amigo me llevó a su casa porque en un par de horas cogería una guagua con destino Pamplona. A las seis y media de la mañana, y con casi 24 horas sin dormir, partía de Cartagena a un destino que, pese a ser elegido, tenía mucho de improvisación. Pero, ¿Por qué Pamplona? (continuará…)